Dreams of Love and War 6-9
by ~TonytronCapítulo VI
Sangre
El campo que se desplegaba ante mis ojos, verde como era cubierto por los pastos de la llanura, se había vuelto del color de la noche. Impasibles y formando en perfecto orden los regimientos de Naggaroth ocupaban el horizonte hasta donde la vista alcanzaba. Druchii con capas de piel escamosa lamían sus despiadadas armas regocijándose con el sabor de la sangre aun fresca. Grandes reptiles babeantes eran montados por sombríos caballeros cuya armadura no dejaba a la vista ninguna parte de su cuerpo. Una manada de horrendos monstruos de varias cabezas era conducida a la batalla por sus crueles amos. Elfas brujas, sacerdotisas de Khaine, cantaban sus oraciones al dios de la guerra. Decenas de lanzavirotes se desplegaron en lo alto de un acantilado a nuestra derecha. Un centenar de arpías los sobrevolaba aullando y gruñendo. Estandartes de azabache portaban las insignias de la propia Naggarond y del Rey Brujo por siempre maldito. Muchos druchii alzaban sus armas sin reserva apuntando sus lanzas hacia los nobles de Ulthuan. El ejército druchii era inmenso.
Miré hacia nuestras líneas. Filas de lanceros se situaban en perfecto orden, firmes como los guardianes de mármol esculpidos en los palacetes. Mis maestros, siempre atentos, formaron junto a nuestros compañeros de Cracia. Los bravos caballeros de yelmo plateado ocuparon nuestro flanco izquierdo acompañando a los aurigas de Tiranoc. Vi alzarse magnífico al estandarte del Árbol de Plata en manos del noble Eledhan que se alineaba con los demás nobles. Su visión me imbuía con el coraje de mis antepasados a los que tantas veces había honrado. Los siempre nobles y orgullosos príncipes dragón de Caledor se situaron en el flanco derecho junto a mis maestros de la espada. El príncipe Arhalien y su gran padre Jared se colocaron al frente de tan soberbia caballería. Incluso el gran águila Foroval acudió junto a sus hermanos. Nuestro Gran Señor Eltharion permanecía impetuoso montado en su grifo a nuestra retaguardia. Le vi dar una orden a uno de sus correos. Varias baterías de lanzavirotes se colocaron en los flancos de nuestras líneas de infantería para darnos una agradecida cobertura. Los druchii eran muchos y feroces pero nosotros... los Asur estábamos preparados para la guerra.
Desplegados ambos ejércitos sobre la llanura al fin se mostró el general de la hueste de guerra druchii. De lo alto de un acantilado alzó el vuelo una horrible criatura. Cuerpo de león, inmensas alas de murciélago y cola a semejanza de un látigo no era sino una espantosa bestia burla de los grandes grifos de las Annulii. Sobre su lomo, un druchii terrible gritaba palabras de odio eterno. Le siguió en su vuelo uno de los corceles alados de Naggaroth. Pero éste era montado por una bella e imponente mujer... sombría a pesar de su inmaculada piel. A una palabra de su comandante un centenar de prisioneros... el fruto de los pillajes cometidos... fueron conducidos al campo de batalla, azotados sin piedad por los crueles maestros esclavistas. Una de las sacerdotisas del despiadado dios de la mano ensangrentada abandonó su puesto entre sus hermanas. Daga en mano, se acercó a uno de los desdichados cautivos sólo para susurrarle palabras de dolor al oído y degollarlo al instante. La sangre derramada de la víctima fue recogida en un cáliz para ser bebida, aun caliente por su verdugo. Uno a uno mi corazón fue perdiendo pedazos de compasión cada vez que la vida de uno de mis compatriotas les era vilmente arrebatada... demasiado horror, no podía soportarlo. Su sangre fue bebida por todas las hijas de Khaine, allí reunidas para la masacre. Carniceras sin alma... malditas sean por siempre. Su único reino es la oscuridad.
No quería aceptar la realidad... el horror que ante mis ojos se desplegaba... una pesadilla en vida. Sí, una pesadilla... como en aquel sueño que tanto me perturbara tiempo atrás. Aquella visión poblada de fantasmas y sombras sin rostro. Pero estos no eran los fantasmas que nublaron mi sueño. Estos tenían rostros... rostros deformados por el odio acérrimo que demostraban hacia su antiguo pueblo. Traidores fueron sus antepasados hace largos siglos y traidores son sus hijos. Traidores... entonces comprendí su significado. Los traidores no tienen cara, así como no tienen alma no merecen ser reconocidos por aquellos a los que una vez amaron y a los que tanto daño hicieron. Isha me iluminaba una vez más con la luz de su sabiduría. Los durchii ya no serían más hijos suyos. Ya no pertenecían a nuestro pueblo... ya no eran más nuestros hermanos.
Me encomendó nuestro gran Guardián hacerme cargo de la primera línea de infantes y marché resuelto a ocupar mi posición. Alcé a Silruth, la Ira Brillante ante los maestros de Saphery... y sus voces sonaron como una sola "hurra". Juntos recitamos el juramento al Rey Fénix, nuestro líder y guía. Dispuestos ya para la batalla me posicioné junto a Alcarin, mi capitán... mi amigo. Levantó entonces el vuelo Eltharion a lomos de su poderoso grifo sobrevolando las formaciones Asur y despertando gritos y alabanzas allá por donde su sombra pasaba. Cuan magnífico se descubría nuestro señor infundido de su dorada armadura, con las plumas del Yelmo de Yvresse moviéndose al son de su vuelo. Desenvainó su espada Colmillo... un movimiento de su brazo fue suficiente. Marchamos hacia nuestro destino.
Un grito unánime salió de las filas druchii, una horrenda maldición... una promesa de venganza. Agitadas hasta la locura, las brujas de Khaine se lanzaron a la carga frente a nosotros. Enfervorizados, el resto de la hueste oscura se unió a su carrera.
Con cada paso, con cada latir de mi corazón sentía la tierra retumbar bajo mis pies. Los cascos de los de Caledor resonaban sobre la hierba... cabalgando firmes hacia sus homónimos montados sobre reptiles. Sobre nosotros, las águilas de Foroval se lanzaron en picado contra las siniestras arpías. Ya caían las primeras gotas de sangre. Mi vista y mis sentidos se prepararon entonces para la lucha.
Una lluvia de flechas y virotes recibió a las brujas más avanzadas causando estragos en sus filas pues, en su loco fanatismo no portaban la más mínima protección. El cercano crujido del metal chasqueándose me decía que varios de mis soldados habían sido alcanzados por los proyectiles druchii. Alcé mi vista hacia los acantilados donde sus máquinas de guerra destripadoras disparaban su munición contra nosotros. Pero una cálida luz blanca nos iluminó protegiéndonos de la muerte que llegaba a nosotros desde el cielo. Pude ver desde la retaguardia a la dama Elbhereth invocando el mágico escudo que nos protegía mientras Daerion incineraba con las llamas de Asuryan las máquinas de guerra druchii.
La marcha se convirtió en carrera. Silruth brillaba hambrienta, sintiendo mi sed de sangre que ya empezaba a emanar. Los semblantes de odio de nuestros enemigos empezaron a tornarse precisas imágenes... ya estábamos cerca. Los de Caledor chocaron a nuestra diestra contra la caballería druchii. Confiaba en que Arhalien saldría bien parado de su parte en esta tragedia. Una de las grandes bestias de múltiples cabezas yacía muerta, ensartada por varios virotes cerca de allí. Comenzaba la batalla... comenzaba la lluvia de sangre.
La carrera se convirtió en la inevitable carga con el sonar de los cuernos. Espadas al frente... nos preparamos para acabar con nuestros enemigos. Una de las hermosas brujas de Khaine fue la primera en llegar hasta mí. Gritando y balbuceando se abalanzó presa de la furia. Pero Silruth se encargo de separar su hermosa cabeza de su hermoso cuello. El choque fue brutal. Mis maestros se trabaron en combate contra las supervivientes de entre las hijas de Khaine. Sus dagas envenenadas y sus maliciosas puñaladas hicieron caer a algunos de mis hermanos que yacían al instante... muertos o moribundos. Hice volar a mi espada, alimentándola de la sangre que tanto buscaba... la sangre que debía derramarse en vez de la mía... la sangre de los traidores. Alcarin, luchando junto a mí con un león, destripó a la despiadada sacerdotisa asesina de las pobres almas inocentes, cuya sangre bebiera sin ningún pudor.
Miré a mi alrededor tomando por un instante el aire que ya empezaba a faltarme. La batalla se había convertido en un cruel tapiz de sangre y muerte. El odio despiadado engendrado durante miles de años de inhumana guerra no daba lugar para la piedad. Regimientos de druchii luchaban formados contra las blancas figuras de los nobles de Ulthuan. Los leones de Cracia demostraron su superioridad haciendo gala de una excelente pericia. Eltharion luchaba en una danza sobre las nubes contra el general de la hueste invasora. Miré mejor nuestras líneas. La ventaja inicial del embate de nuestra poderosa caballería se había perdido con un inesperado contraataque de nuestros oscuros rivales. Caballería ligera druchii se colaba entre nuestras filas negando el avance de nuestra infantería. La victoria preliminar de los príncipes dragón fue tornada en lucha desesperada por el ataque de las bestias de múltiples cabezas.
Volví en mí tras deshacerme de la vorágine en que estaba inmerso. El sudor me bañaba la frente bajo mi alado yelmo de Yvresse y mis músculos parecían arder sosteniendo a la insaciable Silruth. Quería caer sobre mis rodillas y descansar... huyendo de aquel horror. Pero no podía dejarme vencer. Veía a los nobles de Yvresse, de Cracia, de Caledor pagando con sangre la defensa de nuestra tierra. Me alcé de nuevo y ordené rehacer las filas. Las brujas de Khaine se batían en retirada tras las líneas druchii. La siniestra guardia del Rey Brujo corrió a ocupar su lugar. De nuevo, cargamos hacia la muerte.
Capítulo VII
Muerte
Lanzas y espadas chocaban a mi alrededor tronando en una incesante tormenta de golpes. Destellos de blancas hojas hacían a su vez de relámpagos con la pugna del metal contra metal. La furia liberada era la tempestad en esta tormenta de muerte. Allí estaban mis maestros descargando sus aceros contra los alabarderos druchii... defendiendo con sus vidas el honor de nuestro justo Rey y de nuestra Reina Eterna. Luchaban como sólo podía hacerlo la mejor infantería del mundo. Silruth brillaba como nunca arrebatando las vidas de aquellos consumidos por el odio. Carne y huesos se quebraban por igual ante la cólera de la Ira Brillante. Peleando con la malicia de las serpientes la guardia del Rey Brujo lanzaba traicioneros mordiscos con su acero, buscando teñir sus armas con el rojo de nuestra sangre. Sus crueles alabardas no eran sino el instrumento con que satisfacer su sadismo y su barbarie.
El graznar de los cuervos empezaba a hacerse audible por encima del fragor de la batalla. Los mensajeros de la Vieja habían llegado. Venían a profetizar nuestra muerte... la de los héroes que en este día caerían. Extendiendo su arrugada mano acogería sus almas para conducirlas al más allá. Ella era la portadora de nuestros destinos que tan celosamente guardaba en su bolsa de piel. Era la que nos llevaría, llegada nuestra hora junto a la Madre Tierra... pues todo lo disponía la Vieja escrito en las estrellas. Era nuestro sino recibir de su mano la gracia de Isha.
Un estruendo y un estallido de luz azul cegó mis ojos por un instante. La angustia me invadió. No podía ver nada, ni amigo ni enemigo. Confuso intenté abrir de nuevo mis ojos al mundo... a la carnicería. Tras unos interminables segundos pude distinguir al fin las formas de mis maestros y de los alabarderos de Naggarond. Muchos sacudían sus cabezas y se llevaban sus manos a los ojos cegados por el súbito resplandor. Miré hacia el cielo nublado buscando del origen de de mi ceguera pasajera. Pude ver a la hechicera druchii sobrevolándonos en su corcel alado pronunciando palabras en su oscura legua. Un rayo y otro estallido azul cubrió su alada forma sin causarla el menor efecto. Desvié la vista de mis adversarios para ver cómo desde la retaguardia Daerion lanzaba su magia en un duelo de titánicos poderes con la hechicera oscura.
Cesó el combate a mi alrededor ante tal despliegue de magia arcana. Todos volvieron sus miradas hacia el duelo mágico... hacia aquellos que nos salvarían la vida... o nos la arrebatarían sin misericordia. Encorvada por el inmenso esfuerzo, distinguí a la dama Elbhereth protegiéndonos con su luz de las colosales descargas de poder que sobre nuestras cabezas llovían. Su blanca magia nos resguardaba de acabar en las manos de la Vieja. Era nuestra salvadora... bendita sea por Isha. Y así aconteció el milagro. La magia de la hechicera druchii quedó interrumpida por el poder protector de la dama Elbhereth. Daerion aprovechó entonces para descargar el poder de su ardiente anillo sobre la hechicera druchii. El letal conjuro calcinó a la bestia alada de las cumbres de Naggaroth que cayó muerta sobre mis maestros. La derrotada hechicera fue decapitada de un feroz sablazo por una de las hojas de Hoeth. Que su alma embrujada sea consumida por los mismos demonios que la prestaron su poder.
Alabamos con un grito de victoria el poder de los sabios de Saphery, los mejores de entre todos los magos. Por muchos pactos oscuros que entre demonios y hechiceras pudieran hacer los druchii... por muy poderosas que fueran sus artes oscuras... no podían compararse a la maestría de los magos Asur... a la luz que iluminaría hasta la más profunda oscuridad. No tenían rival en los portadores de la magia negra.
Llenos de odio los guardias de Naggarond se arrojaron enloquecidos de nuevo al combate. Luchaban con exaltado frenesí en un choque sin cuartel negándose a ceder su terreno. Los alabarderos frente a mí no tuvieron oportunidad alguna... más almas para la mano de la Vieja. Pero no pasó mi destreza desapercibida. Surgió de entre sus filas una figura de terror, seguramente su líder. Apartó con poderosos brazos a los guerreros a su alrededor clavando en mí sus profundos ojos de inhumana maldad. Sentí mi alma lacerada con su odio. Ataviado con una túnica negra parecía la misma encarnación de la muerte. Su aterrador yelmo representaba la cabeza de una impía bestia de largos colmillos. Se presentó como Morhatol de Naggarond casi escupiendo las palabras. Insté a mi adversario a abandonar nuestra tierra pues nunca sería suya mientras un Asur la defendiera. Una sonora carcajada de desprecio fue su respuesta. Pobre ingenuo me llamó, pues no estaban aquí buscando conquista. No querían nuestras tierras... no querían nuestras riquezas... querían nuestras cabezas. Era la venganza lo que les había llevado a emprender semejante viaje... venganza hacia nuestro Señor Eltharion, venganza por la incursión en la misma Naggarond cien años atrás. Malekith el por siempre maldito brujo quería hacernos pagar por la afrenta cometida hacia su ciudad.
Venganza... ese era el motivo de su presencia aquí, de su largo trayecto a través de los mares de Ulthuan. Qué es la venganza sino la justicia del perverso, la respuesta del bárbaro... qué es sino el aliento del odio. Venganza clamaban. Y no somos nosotros los Asur quienes debiéramos implorarla ante ellos, por cinco mil años de crímenes y violaciones, por dar la espalda a nuestra tierra y a nuestro pueblo... por traicionarnos. Pero amargamente aprendimos que no hay justicia en la venganza, que no hay placer en el sufrimiento... sólo dolor y muerte. Sólo el camino de la perdición esperaba al final de la senda de la venganza... la misma senda de la muerte.
Sin mediar más palabra el druchii atacó. Lanzó una traicionera estocada que pude esquivar sin problemas. Sus engañosas artes no eran un misterio para mí como él pretendía. Molesto por su fracaso atacó de nuevo. Otra estocada de su arma seguida de un sucio golpe de su asta no consiguieron sino rozar mi armadura. Azuzado por los gritos de sus camaradas el druchii rugió a los cielos clamando a su diabólico dios. Profiriendo un grito atacó con un arco mortal. Girando sobre mí mismo enseñe a Silruth el camino hacia el cuello de mi rival. Con un último gorgoteo de sangre cayó degollado y sin vida. Los cuervos revolotearon con fuerza... avisando a la Vieja para que se llevara a otro de sus campeones.
Se extinguieron entonces los gritos de entre los druchii, enfurecidos al ver caer a su paladín oscuro. Posaron sus ojos en mí y yo en ellos los míos. Traté de adivinar cuál sería el primero en intentar mandarme a las manos de la Vieja. Aún con mi cuerpo dolorido y magullado por la fatiga y los golpes sin fortuna en mi armadura... mi voluntad seguía intacta. Aunque mi cuerpo estuviera roto... mi valor era eterno. El espíritu inmortal sólo favorece a aquellos que conservan el valor de combatir por la victoria hasta el final. Así me lo enseñó mi maestro... así me lo repetí a mi mismo. Levanté a Silruth en espera del inminente ataque, desafiante ante los druchii. Ya preparaba uno de ellos su arma cuando el destino reveló una de sus sorpresas más siniestras en ese día. La mirada de odio de aquel druchii dispuesto a darme un prematuro final, fue tornándose en terror cuando una de las monstruosas hidras corrió desbocada. El desdichado guerrero cayó despedazando en un instante sin oportunidad alguna. No pude más que apartarme del camino de semejante monstruo rezando a Isha para no ser el siguiente.
Tanto mis maestros como los guardias de Naggarond corrían en desbandada ante la acometida de tan terrible criatura. No hacían distinción los ojos de aquel monstruo. Devoraba y desgarraba a todo aquel desafortunado que no emprendiera a tiempo la carrera por su vida. Ya fueran los blancos nobles de Ulthuan o los oscuros asesinos druchii nada escapaba a las poderosas fauces de sus cabezas. Di gracias a Isha de no ser yo una de sus muchas víctimas. Me incorporé de nuevo. Y entonces le vi... a apenas una veintena de pasos de mí. Derribado de su montura, Arhalien luchaba a pie desesperado contra otro de aquellos terroríficos monstruos. Debía ayudarlo a cualquier costa. Debía salvarlo como fuera... corrí hacia él sin pensar en nada más.
Capítulo VIII
Vida
Corría sin pensar en el mañana... sin pensar en el ayer. Entre flechas y virotes; gritos y lamentos corría... hacia la muerte...muerte para salvar una vida, la vida de Arhalien. Aun con la valentía que sólo un príncipe de Caledor podía tener, luchaba con la desesperación en sus ojos... la desesperación de aquel que se sabe perdido pero no piensa siquiera en la derrota. El héroe enfrentado a la bestia. Pareciera un combate de los tiempos mitológicos que tantos cantos y poemas recordaran en épicos relatos. Pareciera Ahralien la reencarnación de Laerial Espada Certera, enfrentado a Gauma, la hidra de once cabezas. Pero Arhalien era mi gran amigo. No podía permitir que cayera. No llorarían su heroica muerte los cantos que de esta batalla se escribieran.
Con la bestia ya ante mí busqué sorprenderla. Lancé a Silruth a la garganta de una de sus cabezas hendiendo la hoja en lo profundo de su carne. El desconcertado monstruo nada pudo hacer para evitar el mordisco de mi acero y su cabeza cayó desplomada con gran estruendo. Tres cabezas le restaban a la bestia. Una cuarta colgaba inerte ensartada por una de las lanzas de Caledor. Me arrojé contra las tres acosadoras de Arhalien aprovechando el instante de conmoción en que la bestia bajó su guardia. Acabé blandiendo mi acero junto a él, espalda contra espalda, con el monstruo ante mí. Allí, frente a frente contra el horror, pude descubrir el verdadero pavor que inspiraba tan monumental criatura. Sentí mi cuerpo estremecerse. Mi alma gritó de terror pidiendo huir de una muerte segura. Mis ojos no podían apartarse de las filas de dientes que ansiaban devorarme para así liberar mi alma inmortal del templo de mi cuerpo. Noté la pesada respiración de Arhalien bajo su armadura y volví en mí, recordando porqué estaba allí... junto a mi amigo.
Lamentó Arhalien que me encontrase junto a él estando tan cercana su muerte y sin poder evitar la mía. Un agradecimiento brotó de su boca jadeante. Respondí a mi amigo que allí no moriríamos, no mientras mi brazo blandiera mi espada... no mientras mi corazón albergara esperanza. La esperanza del que niega la muerte, del que se aferra a la vida, era mi fuerza en esta batalla. No moriríamos allí.
Atacó la bestia con la velocidad del rayo y la fuerza del trueno. Lanzó una de sus cabezas justo donde estaba la mía. Un instante tardó su boca en cerrarse sin encontrar mi carne que rápidamente había apartado. Pero no fue el movimiento lo suficientemente veloz y el peso de semejante mandíbula golpeó mi cabeza con la fuerza de una maza. Cayó mi yelmo alado rodando por el suelo y sentí la sangre caliente manar de mi frente. Despejé mi cabeza de las estrellas que la poblaban y vi los ojos de la bestia aun clavados en mí, observando a su presa que a duras penas podía levantar su cuerpo magullado del suelo. Arremetió de nuevo con feroz violencia. Pero esta vez fue mi propio colmillo de acero el que penetró en su boca hasta hundirse profundo en su paladar. Con un último y agónico esfuerzo cerró su mandíbula sobre mi brazo hendiendo sus dientes en mi carne y lanzándome por los aires. Caí... malherido.
La sangre bañaba las ropas bajo mi armadura. La que fuera una túnica del blanco más puro tornaba su color del mortal carmesí. Mi propia sangre me empapaba dejando escapar mi vida para unirse a la de los muertos... a la sangre de los caídos. Me sentí desfallecer. Allí en el frío suelo, postrado en un charco de muerte pasó mi vida fugaz ante mí. La feliz infancia, mis años en la torre de Hoeth, las aventuras en el Viejo Mundo... la vi a ella. Ella, quien fuera el paraíso de mis ojos, el universo de mi alma, mi anhelo... mi amor, Ethena. Lloró mi corazón por no tenerla a mi lado, por no sentir su cabeza contra mi pecho, mis dedos acariciando sus dorados cabellos. Y deseé vivir. No podía rendir mi vida. Aun quedaba una promesa por cumplir, una promesa de amor eterno.
Palpé mi brazo malherido. El dolor de mil agujas recorrió todo mi cuerpo haciéndome estremecer. Miré a Arhalien, desafiante frente al monstruo. Con un golpe de gran destreza había abatido a otra de las cabezas. Ya sólo le restaba una a la bestia. Se arrojó entonces el príncipe de Caledor contra su némesis. Un último choque entre bestia y héroe decidiría el resultado de este drama. Espada en alto, atacó el príncipe con la fuerza de un dragón. Trastornada por el dolor embistió la bestia con todo el peso de su descomunal tamaño. Cuerpo y espada de Arhalien volaron por encima de hierba, barro y sangre cayendo con un grito de dolor. Rendido ante la fuerza de semejante monstruo, sin poder hacer nada para evitar su inminente destino, Arhalien se preparó para caer en las manos de la Vieja. Grité su nombre con el poco aire que mi pecho contenía y alcé mi brazo sano hacia su figura con rabia e impotencia... un vano gesto por la vida de mi amigo.
La bestia se preparó entonces para el ataque final. Sus ojos frenéticos reflejaban su hambre de carne, su sed de sangre... ambas de Arhalien. La boca espumosa se abrió hasta su máxima amplitud rugiendo con furia lista para engullir a su presa.
Pero ocurrió que de entre el polvo y los gritos apareció una lanza brillando con la fuerza de las estrellas. Como si de un meteoro se tratase atravesó su punta fulgurante las fauces abiertas de la bestia. El horrible monstruo cayó al fin abatido y sin vida. Miré sorprendido al portador de tan poderosa arma. Alto y orgulloso era la viva imagen de los príncipes del pasado. Montado en su inmenso corcel bardado lucía esplendoroso y severo, poderoso en su majestuosidad. Era Jared de Caledor, padre de Arhalien, que acudía en su auxilio.
El poderoso señor desmontó al lado de su hijo para atenderlo de sus heridas. Arhalien estaba malherido... pero vivo. Alcé la vista aliviado y respiré tranquilo por primera vez en todo aquel horror. El aire inundó mi pecho ocasionándome una punzada de dolor. Debía tener alguna costilla rota. Miré a mi alrededor. Los druchii se retiraban en desorden perseguidos por nuestra caballería. Las flechas y virotes Asur se encargaban de de abatir a los fáciles blancos que eran los guerreros en su huida. Vi a nuestro Guardián y Señor Eltharion persiguiendo sin piedad a los rezagados. La batalla había sido ganada.
Gritos y aclamaciones de triunfo surgían de nuestras filas. La alegría por conservar la vida entre tanta muerte era celebrada con sinceras lágrimas de felicidad. Sin embargo y a pesar de los gritos y lágrimas, mi menté voló hacia aquellos que ya jamás volverían a alegrarse. Tantos valientes, tantos hermanos caídos, sus cuerpos yacían inmóviles junto a los muertos druchii. No había victoria en la muerte de los queridos... lloré.
Ya no había fuerza... ni en mi maltrecho cuerpo ni en mi agotada mente. Me dejé caer fatigado bajo el peso de mi armadura. Pero unos brazos amigos me agarraron con afecto. Con su ayuda conseguí alzarme de nuevo para mirarle a los ojos. Era Alcarin, mi fiel Alcarin. Estaba vivo. Mis lágrimas de tristeza se agotaron para dar paso a las de pura alegría. Nos fundimos en un inmenso abrazo, eufóricos de felicidad. Entre los vítores y aplausos de mis maestros me llevó junto a Daerion, mi buen amigo al que también abracé. Dejé a mi cuerpo desplomarse por el cansancio y la falta de aliento. Incluso mis párpados sucumbieron a la extenuación. Una pulcra y delicada mano acarició mi sucia mejilla como si la gracia de la mismísima Isha llegara hasta mí. Los horrores de la batalla se apartaron de mi mente para ser iluminados por la pureza misma. Creí viajar entre las estrellas y la luna cuando unos suaves y carnosos labios besaron mi frente bañada en sangre carmesí. Lentamente abrí mis dolientes párpados para quedar irradiado por la belleza de la dama Elbhereth, mi salvadora... mi ángel guardián. Tomé su mano con la mía, deleitándome en su suavidad y mis labios sonrieron. Sólo una simple palabra pudo salir de mi boca "gracias". La sola sonrisa de la dama Elbhereth me hizo caer en una laguna de felicidad.
Ya se ocupaban los ayudantes de mis heridas cuando la imponente imagen de Ala de Tormenta aterrizó a penas a unos metros. El siempre magnífico e imponente Eltharion descabalgó de su no menos majestuosa montura para recorrer el corto trecho que nos separaba. "Gloria, gloria para ti y tu familia hermano." las palabras de mi Señor sonaron altas y sinceras. Agachándose junto a mí, depositó sobre el suelo mi yelmo alado que creía perdido. Volvió a alzarse sonriente y se encaminó hacia su gran montura. Una sonrisa... la primera que veía en mi Señor.
Capítulo IX
Amantes
El cálido aroma de las flores de jazmín me recibió a mi vuelta del mundo de los sueños. Inspiré lentamente saboreando el dulce perfume de las blancas flores, embriagándome con su alegre fragancia... sonreí. Mis párpados se despegaron perezosos abriendo la cortina de mis ojos al nuevo día. La luz ya entraba cálida por la ventana de mi alcoba avanzando por ende las sombras. Aparté las suaves sábanas de seda para ir al encuentro del dios Sol y de su baño de luz y calor. Mi pecho vendado empezó a protestar por el esfuerzo y mi brazo en cabestrillo aun se negaba a moverse... no hice caso. Me alcé para ver el alba iluminando Tor Yvresse... mi bienamada ciudad. Dijeron los médicos que mis heridas eran graves, en especial las de mi brazo derecho. Pero mi sanación era buena y me recuperaría con tiempo y reposo.
Invité a Daerion y a la dama Elbhereth a que disfrutaran de la hospitalidad de Tor Yvresse tras los horrores de la batalla. Su compañía alegraba los días de convalecencia a los que estaba sometido. Y sus animadas charlas eran las más revitalizante de las panaceas.
Blancas y brillantes las estatuas de mis antepasados se alzaban armadas de punta en blanco con sus ropajes de mármol. Frías guardianas de las escaleras que me llevarían al salón de ceremonias donde Daerion me esperaba. Apoyado en mi doncel Kandúril bajé los peldaños custodiados por poderosos guerreros del pasado. Firmes con sus manos rodeando la empuñadura de la Ira Brillante juzgaban mis actos con mirada severa. Allí estaba Daerion, alto y bello con su hermosa túnica de blancos y azules que parecían fundirse como las nubes en el cielo de verano. Su mirada resignada me perdonó el que abandonase mi reposo a pesar de sus protestas.
Agradecí a mi doncel la ayuda prestada y saludé afectuosamente a mi gran amigo. Me informó Daerion acerca del estado de Arhalien, a pesar de su gravedad sanaría por completo gracias a los cuidados de los médicos de la Corte. Había invitado también al Gran Jared a acompañarme y reposar en mi casa de Tor Yvresse hasta que Arhalien se recuperase. Contó con tristeza cómo Charandor de Tor Achare perdió la vida a manos de los druchii en la que se conocería en adelante como la Batalla de Fingobel, o la Batalla de la Hierba Roja. El caballero Maegeth, padre de Limen, había resultado herido por un virote, aunque ya competía en carreras sobre su corcel ante el enfado de su hija. Muchos valientes habían muerto en aquel día nefasto, muchos dejaron sus vidas por proteger su amada tierra. Era labor de nosotros los vivos honrar su memoria y recordarlos.
Una sonrisa burlona asomó en el rostro de Daerion haciendo desaparecer la pena y la pesadumbre cuando me anunció aquello que llevaba anhelando desde hacía ya tanto tiempo. Tan bien como me conocía sabía que debía dejar las buenas nuevas para el final. Me explicó cómo durante mi convalecencia había llegado un mensajero anunciando la venida de la dama Ethena prevista para el ocaso.
Como un alegre pájaro de vivos colores que cantase al Sol y al cielo aleteó mi corazón ante la nueva. Con la vitalidad apasionada de la impaciencia a punto estuve de caer al querer forzar mi todavía lesionado cuerpo. La impaciencia porque mis ojos pudieran disfrutar de nuevo con el semblante de la que era mi Sol, mi cielo y mis estrellas. Era un día de felicidad, pues se esperaba la llegada de mi amada.
Paseé toda la mañana vagando por los jardines de mi mansión dejando libre a mi mente para maravillarme con sus fantasías de ensueño. Mi alma se agitaba al ritmo de mi imaginación, que volaba con pensamientos prohibidos de amor y deseo. Se remontaba todo mi ser a lugares y tiempos de absoluto éxtasis con tan sólo el recuerdo de su blanca figura, del más angelical rostro de absoluta perfección... de su pura y tierna luz. Pasé junto al estanque donde creí verla en el fugaz reflejo de un rayo de Sol. Una jugarreta de las traviesas ninfas que se divertían con mi impaciencia.
Llegada la cálida tarde casi les parecía a mis ojos poder ver a la bella en la lejanía. Pude hablar largo y tendido con Jared de Caledor. Rió el Señor de los Dragones ante mi juramento de que era la dama Ethena la más hermosa de toda Ulthuan, más incluso que la propia Reina Eterna. Hablamos los dos de amor y de guerra esperando el ocaso, de cómo acudí junto a Arhalien, de cómo luche a su lado... de cómo defendí a un hermano. Me nombró el Gran Señor Jared su hijo de honor y hermano de Arhalien. Me concedió el gran honor de disponer de una hueste de sus caballeros cuando decretara y me invitó a conocer sus dependencias allá en Caledor.
Ya asomaba la blanca Luna amada por el dios del mar despidiendo al gran padre Sol que desaparecía en el horizonte. Salimos a las puertas de mi mansión para recibir a dama Ethena cuya llegada era inminente. Daerion junto a la dama Elbhereth y el Gran Señor Jared me acompañaban. Y al fin apareció, diáfana y luminosa, tanto que pareciera descender por un rayo de luna. Ni aun siquiera respiraba temiendo que un soplo desvaneciese su encanto. Su rostro de armoniosas facciones llenas de una suave dulzura, su intensa palidez, sus purísimas líneas de contorno esbelto esbozó una sonrisa como una gota del más puro elemento. Una gota en la que cabía el mar que contenía a la más maravillosa de las perlas. Asintió calurosamente Jared entusiasmado con la belleza de mi amada quien llegó a nuestra altura haciendo una reverencia a los presentes. Sus ojos azules y húmedos como el cielo de la noche me miraron enamorados y me abrazó con la pasión de los amantes. Fui un juguete en sus manos hasta que sus labios se fundieron con los míos y creí nacer por segunda vez.
Comimos y bebimos en la más feliz fiesta que mi mente recordara. Brindamos en nombre de los grandes héroes que me acompañaban y ellos brindaron en mi nombre y el de mi amada. Paseamos por los jardines bajo la blanca luz de la luna. Embrujado por la belleza de mi acompañante la conduje sin pensar junto al estanque, donde las ninfas callaban ante los enamorados. Allí abrí mis manos para ver reflejado en sus radiantes ojos la luz más pura de la más hermosa de las lágrimas del Árbol Blanco, la Quyl-Galath. Cogí sus manos más dulces que las flores y deposité sobre su blancura la más bella gema de todo el reino. Maravillada como si fuera la luna mi presente, sus brazos me rodearon con la ternura de un amor eterno y sus labios pronunciaron un encantamiento de ternura. Nos besamos como si no existiera nada más que el fuego ardiente de nuestra pasión.
Un grito ahogado como la llamada de muerte de las grandes rapaces rompió el cielo nocturno. Surgieron de su negrura cruzando la luna dos de las grandes bestias de las Annulii. Mitad águila por su bravura y mitad león por su fiereza, Ala de Tormenta era una de ellas, cabalgada por mi Señor Eltharion que aterrizó frente a mí seguida de otra poderosa bestia con un inmenso batir de alas. "Este es Galroval, Ala de Relámpago, de las estirpe de Ala de Tormenta. Te hará buen servicio." dijo mi Señor ante el asombro mío y de los presentes. Un gesto de su mano y la bestia, majestuosa con su dorado pelaje se adelantó y me miró con ojos nobles. Mi Señor le susurró al oído y agachó su cabeza ante mí. Me acerqué aun tembloroso a su cabeza y acaricié su elegante pelaje.
Ni siquiera daban crédito mis ojos a los que ante ellos se desplegaba. El poderío y nobleza de uno de los grifos de las montañas estaban a mi servicio. A partir de ese momento surcaría los cielos del mundo a lomos de Galroval, Ala de Relámpago.











